Carlos Cruz-Diez: “El arte es una aventura sin esperanza”

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María Gabriela Fernández B.

Texto publicado en El Universal en noviembre de 2015

El artista visual Carlos Cruz-Diez (Caracas, 1923) no se detiene en su búsqueda de respuestas. A veces, confiesa, sueña con colores y escenarios que luego intenta plasmar en sus creaciones y, aún cuando la tecnología no siempre le ha permitido transformar en realidad sus deseos oníricos, el mundo digital le ha facilitado encontrar, a sus 92 años, soluciones a problemas visuales con los que había tanteado el fracaso en sus inicios. La emoción por los hallazgos en el mundo del color es ahora, dice, la misma de entonces.

“Yo tengo nueve líneas de investigación y no las clausuro, les sumo nuevos descubrimientos. En este momento, regresé a obras que no había podido desarrollar en 1963. He mejorado la eficacia de lo que quería decir. Antes estaba esbozado y hoy está expedito. Realmente puedo comprobar que el color flota fuera del soporte, no está en él”.

Tampoco sus proyectos expositivos han mermado. Al contrario, se encuentra desarrollando un nuevo taller en París y presenta, en paralelo, una muestra individual en Venezuela en la que exhibe nueve de sus más recientes creaciones. La exposición fue instalada en el segundo piso de la Galería Freites, de Caracas, y permanecerá abierta hasta el 29 de noviembre como una oportunidad de aproximar a la audiencia a las nuevas búsquedas del maestro.

-Este año recibió la Turner Medal 2015. Tras una vida de búsqueda, ¿ha llegado a su ansiada comprensión de las posibilidades del color?

-Yo estoy sumamente satisfecho. Creo haber vivido antes en una sociedad de ciegos, porque lo que estoy diciendo lo entiende y disfruta la nueva generación. El color es afectivo, profundamente afectivo. El color está en el espacio, flota. Todo es color, y es lo que trato de poner en manifiesto en las obras, porque ahí no hay referencias, solo emoción. A veces, uno ve un color y elige “ese rojo” y ¿por qué, si hay tantos rojos?, pero el color en el arte es una cuestión de afecto.

-Esto resulta contrario a quienes perciben al cinetismo como una manifestación fría…

-Es todo lo contrario. Vivimos rodeados de simbolismos y de la creencia de que todo tiene que tener una referencia. Pero ¿a qué se refiere una puesta de sol? A sí misma, somos nosotros los que le damos un significado. Yo no hago cuadros, lo que hago son soportes de acontecimientos. Soportes donde está sucediendo algo continuamente en el tiempo y en el espacio. Mis obras son un presente continuo. Por eso es que es tan humano el cinetismo, porque uno se propone ir a lo profundo del ser humano, a la mecánica perceptiva, de captación, de mitificación. Por ejemplo una cámara de cromosaturación es una experiencia vital, como meterse bajo la lluvia. Los significados los aporta quien los vive.

-Precisamente, una obra que ha obtenido un nuevo significado es su Cromointerferencia de color aditivo en el suelo del Aeropuerto Internacional de Maiquetía. Cuando la elaboró, ¿esperaba que se convirtiera en un símbolo de partidas?

-Lo que ha sucedido me tiene estupefacto, que una obra de arte se haya convertido en un símbolo de un país me parece emocionante aunque tiene también su parte horrorosa. Confío en que eso que ahora es el símbolo del abandono del país será de nuevo el símbolo del retorno. Sé que así será.

-¿El suelo de Maiquetía también lo verá volver a usted?

-Yo no he abandonado a mi país aunque no esté allá físicamente, y la prueba es que no he perdido el acento venezolano y que les he inculcado el país a mi familia. En este momento, me siento muy bien en París y desde que llegamos en 1955 mi pareja y yo dijimos “aquí es, este es el sitio”. París me encanta, y Caracas. También me siento grato en Panamá.

-¿Cuando ocurrirá una gran retrospectiva de Carlos Cruz-Diez en Venezuela?

Por el momento, no lo creo. Los coleccionistas tendrían que prestar sus obras a alguna institución, para eso los museos tendrían que tener las condiciones idóneas y muchos no tienen confianza en eso. Además, es un proceso muy costoso.

-¿Un artista puede perpetuarse a través de sus obras?

Eso uno no lo sabe. ¿Cuántos artistas han tenido vigencia en el pasado y luego desaparecen? esa es la belleza del arte, es una aventura sin esperanza. Puede que trabajes toda la vida y no pase nada. Uno no cree en las verdades, el arte es la duda, poner en cuestionamiento todo para tratar de abrir horizontes. Pero ¿ese querer abrir horizontes es que realmente los hemos abierto? no lo sabemos. Ojalá le interese al futuro.

Juan Calzadilla: “Estoy en una encrucijada”

María Gabriela Fernández B.

Foto: El Universal / Adolfo Acosta

Texto publicado en El Universal en noviembre de 2015.

Francisco de Miranda reposa de costado en la celda que Arturo Michelena imaginó para él en 1896. La postura del prócer, perpetuada en la que acaso es la más famosa obra que lo ha representado, le hace parecer un testigo riguroso de la forma en la que el poeta, ensayista y dibujante Juan Calzadilla teoriza sobre el arte.

En el interior de la Galería de Arte Nacional, las voces estudiantiles de un grupo de uniformados que realiza una visita guiada van del bullicio al susurro cuando se acercan a la pared que exhibe la obra que tantas veces han visto en sus libros. Aun así, no dedican mucho tiempo a detallarla sino que, tras un vistazo breve, dirigen sus miradas confusas al hombre de 84 años que no detiene su hablar desde un banco ubicado frente a la obra.

-Yo no soy un artista plástico profesional en el sentido de mantener una relación permanente con galerías o de hacer exposiciones todo el tiempo (… ) Me dediqué al dibujo por su relación con la escritura. Yo empecé a dibujar como una extensión de la plana escrita a mano. Me di cuenta que de la escritura manual salían formas, que con la imaginación interactuaban y que esas letras parecían cuerpos o formas abstractas que se instalaban en el soporte en dos dimensiones siguiendo bandas parecidas al rayado del cuaderno.

Calzadilla viste un traje verde oliva que coincide con su estampa de académico y que parece juez y testigo del paso de los años sobre su dueño. Conversa a gusto en este edificio que él dirigió entre 2011 y 2013 y así, entre saludos de los empleados, plantea el escenario actual de las artes en Venezuela y describe la última muestra de su autoría, Formas escritas a mano, que se mantendrá abierta en la galería Punto de Arte, de Los Palos Grandes, hasta el 25 de noviembre.

-Mi trabajo tiene carácter caligráfico, parecido a la caligrafía oriental en lo impulsivo, expresivo, gestual, rápido y sin programación. Sería lo que llaman obra en proceso.

Su cabello canoso sucumbe a la gravedad y apenas es retenido por sus manos cuando inclina el rostro para pensar cada idea, que narra con lentitud.

-¿Por qué realizar en este momento de su vida esta revisión de su obra?

-Estoy en una encrucijada muy difícil. La gente tiene problemas para situarme en un determinado campo. Muchos dicen que lo que soy es artista plástico, otros piensan que lo que hago mejor es crítica de arte y otros que debería dedicarme a la poesía. Entonces, ¿qué escoger? Yo escojo la fusión.

Con una nutrida creación poética y ensayista, así como con un Premio Nacional de Cultura en Artes Plásticas a cuestas (otorgado en 1996) este hombre distingue a la expresión como el elemento más valioso, por lo que se declara contrario a los movimientos de arte conceptual del postmodernismo. Sonríe a ratos, al ironizar.

-Lo importante es siempre la expresión. Que lo que haga sea expresivo, pero que la expresión valga por sí misma, no por lo que simula. Hoy hay la tendencia en el arte y en la crítica a considerar que la obra ha llegado a ser lo que se dice sobre ella. Que las ideas han sustituido a las imágenes, pero no es así. Hay un gran vacío entre lo que hace el artista y lo que espera el público del artista, que es, básicamente, lo que es capaz de entender. (… ). Se necesitan muchas décadas para que se pueda acabar con la pintura y lo artesanal, que sigue teniendo vigencia en la medida en la que el espectador sigue rezagado respecto a las imposiciones de los curadores y críticos”.

La mirada en el presente

Cofundador del grupo de vanguardia El Techo de la ballena (1961), no duda en catalogarse como un artista de pensamiento marxista, interesado por “acercar la cultura al pueblo”. Sin embargo, ni esto, ni su cercanía frecuentemente expresada con el actual proceso político, le impide alternar, sin cambiar su ánimo, del diálogo a la crítica.

-¿El arte es, por naturaleza, una forma de expresión contraria al poder?

-No, fíjate que el arte en el renacimiento era patrocinado por poderosos y ricos. El arte del siglo XIX venezolano lo hizo el Estado, con Guzmán Blanco, con sus deseos de que Venezuela avanzara por modelos inspirados en Europa. Así como ha habido sociedades artísticas opuestas al Estado como El Techo de la Ballena o El Círculo de Bellas Artes, el arte puede ser aliado al poder, pero en la medida en la que el artista sea crítico puede encontrar aquellas cosas en las que falla el Estado y la sociedad. Criticarlas y convertirse en artista subversivo. Generalmente el artista subversivo es el que más aporta a la innovación en el arte porque es el que ve más los defectos y los desatinos del poder. Porque el poder no está hecho para las artes, está hecho para otras cosas, pero es el que patrocina, protege y se vale de ella, pero muy pocas veces lo hace bien.

-Precisamente, algunos de los jóvenes de las nuevas generaciones critican que no hallan espacios en museos y sitios del Estado por expresar una postura política distinta a la del Gobierno actual…

-Es cierto que no siempre tienen espacio. Ahora están tratando de hacer una Bienal del Sur con artistas que planteen alguna posición que pueda entenderse como revolucionaria, pero es insuficiente. Es necesario plantearse el problema del arte como un problema de la cultura en general, que consiste en formular una política y un programa amplios, equitativos, que apoyen al máximo y que se enmarque en una Ley de Museos que suponga la obligación que tiene el Estado de poner las instituciones museográficas en las mejores manos, las manos más conocedoras y compenetradas. Eso no ha pasado, pero tampoco pasó en el siglo pasado. Los museos no estaban en las mejores manos ni se hizo lo que se tenía que hacer, ni se está haciendo ahora. Es necesario ampliar muchísimo más el patrimonio con artistas que hicieron obras importantes y no están ni estuvieron representados.

-¿Cómo calificaría, entonces, al desarrollo de las políticas culturares en Venezuela en materia artística?
-La cultura en el siglo pasado y en el actual en materia museográfica es improvisada. Entonces, hay que cambiar todo eso. Revisar las concepciones que se tienen sobre la obra de arte. En mi criterio, nosotros somos continuadores de una política errática que viene desde los tiempos de Guzmán Blanco, debido a que nunca se le proporcionó al arte los medios adecuados para desarrollar el talento natural del venezolano, que es muy grande. Por ejemplo ¿qué pasaba aquí en la museografía antes de nosotros? Que los museos no tenían recursos para las actividades como la adquisición de obras, porque se creó una política de donaciones que hacía que la directiva de los museos fueran responsables de eso.

-¿Diría que la creación de la Fundación de Museos Naciones generó algún cambio en este sentido?
-Esto solo cambiará cuando revisen toda la política y decidan crear una ley de museos que sea absolutamente funcional, que dé respuesta. Y en la medida en que el manejo de los museos en su totalidad sea integral con la educación, porque nosotros tenemos una educación artística muy básica. Hay un problema de recursos humanos, y el problema de que aún no hemos logrado que el arte llegue a las masas. Algunos temas del pasado se han resuelto y otros no. A pesar de las buenas intenciones, seguimos siendo un proyecto.

-¿Qué les responde a quienes aseguran que la credibilidad de las últimas entregas de Premios Nacionales de Arte se han visto comprometidas por su vinculación partidista?
-Lo que pasa es que los premios dependen de la subjetividad de los jurados y así como han tenido aciertos asimismo han dado premios parcializándose. Yo creo que la política de los premios nacionales debe volver a la premiación anual y no bianual. La aplicación de las normas de los premios tiene que ser estudiada, más puntual, más consecuente con las expectativas que el propio artista se hace de acuerdo a su obra. Pero siempre ha sido defectuosa, en el siglo pasado se dieron premios nacionales que fueron muy criticados, yo creo que la corrección de la política cultural tiene que ser un problema nacional, de la sociedad, no de un grupo que decida.

Calzadilla se ajusta el saco, pregunta la hora y da por terminada la conversación que también ha servido de tertulia para otro número de visitantes que hasta se han sentado por momentos cerca del poeta y artista plástico para escucharlo. Convencido como está de que “la cultura tiene que ser cada vez más diversa e inclusiva” y de que “así llegará a ser en algún momento”, se pone de pie, da pasos lentos y se despide.

Rafael Cadenas, la fortuna de perder

María  Gabriela Fernández  B.

Foto: El Universal / Vicente Correale

Texto publicado en El Universal en octubre de 2015

Cuatro sillones y cinco mesas con cojines y manteles de apariencia hindú ocupan el mayor espacio de la sala. Le sigue una muñeca con rostro de mujer que parece escuchar, impávida en su esquina, cada frase pronunciada por los labios del poeta, cual si fuera la custodia de otros cientos de objetos que compiten por adornar la pequeñez del espacio. Hay collares, bustos de madera, piezas de arcilla y de tela. Hay fotografías, dibujos, pinturas, tazas, plantas. Todo, menos calma.

Ubicado en un costado de esta estancia con visos de bazar, el poeta y ensayista Rafael Cadenas sonríe con modestia. Nada en su mirada da señales de sus triunfos. Se inclina para escuchar, y piensa cada palabra hasta evitar pronunciar certezas en sus respuestas. No es sencillo distinguir cuánto de esto es motivado por el olvido, por la desgana o por el respeto a la tinta futura. Baja el rostro para hacerse inescrutable. Juega con sus lentes en silencio.

Nacido en Barquisimeto, este escritor que ya cuenta con 85 años, tiene en su haber 16 poemarios y al menos ocho libros de ensayos, que han convertido a su pluma en una de las mejores valoradas de la modernidad creativa en Venezuela. Ganador del Premio Nacional de Literatura, en 1985; del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances de Guadalajara, en 2009; y, justo el pasado martes, del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, Cadenas evita nombrarse a sí mismo con el calificativo de poeta y prefiere el de docente (profesión que ejerció duránte más de tres décadas en la Escuela de Letras de la UCV). Aún así, describe al género desterrado por Platón como su manera de expresar lo que vive. “Aunque eso no siempre se logra… no siempre se logra”, lamenta.

-Con tantos premios a cuestas, ¿transita todavía los rumbos de la Derrota?

-El poema Derrota no se refiere propiamente a la literatura, sino que está en relación más bien con la vida, porque en aquel momento que lo escribí (1963) yo estaba bastante deprimido por un montón de circunstancias personales. Es un poema que ha sido muy publicado y traducido, y creo que la atracción que puede tener para muchas personas es que se trata de un poema confesional en el cual me fustigo mucho. Diré que los premios son un gran apoyo en el sentido literario y ese es el valor que tienen, pero no ejercen influencia en otras facetas que persisten.

-Si la confesión de sus flaquezas ha sido lo más valorado por quienes le siguen, ¿confirma que el dolor es la puerta a los buenos textos?

-Depende. Casi siempre la poesía está vinculada al sufrimiento, pero no necesariamente. Para darte un ejemplo, hay poetas como (Pablo) Neruda en los que predomina más bien un gran gusto por la vida, pero aún en casos como él hay momentos de bastante dolor. Pienso en el período en el que estuvo en España y escribió el verso “venid a ver la sangre por las calles”. Recuerdo también a otro poeta en el cual lo que uno siente cuando lo lee es una gran fuerza: Walt Whitman; y lo que decía (Rainer María) Rilke cuando hablaba de la queja, que decía que esa era la maldición de los poetas, quejarse. Entonces precisamente, eso no está en Whitman, ni en otros.

-En la poesía, como en todo, siempre hay esos dos aspectos, el de la tristeza y también el de la alegría, que es muy importante. Algunos se aferran a cosas distintas como el poeta muy cercano a la generación del 27, Miguel Hernández. En sus poemas creo que hay mucha fuerza y al mismo tiempo bastante dolor. De hecho, él decía que había nacido para el dolor.

-¿Y usted, a qué se ha aferrado en su obra?

-A lo largo de la vida uno tiene muchas situaciones que se reflejan en lo que uno escribe. Yo recuerdo que cuando escribí Intemperie estaba bastante deprimido, y al mismo tiempo escribía otro libro, Memorial, en que trataba de salir de ese estado. Entonces, eso se nota. Luego vinieron otros libros en que trataba de salir de mí mismo y prestar atención a otros motivos, como Gestiones, que creo que es ese paso hacia la objetividad (…). También está el poema Fracaso, que es como una “contraderrota”, ahí digo que el fracaso puede llevar a la persona a su propio camino, al camino que le corresponde.

-¿Pasó así en su caso?

-Así lo expreso en el poema. Pero no puedo precisar la circunstancia que dio origen al texto.

-Publicó su primer poemario a los 16 años en Barquisimeto. ¿Qué inspiró a su pluma adolescente?

-En ese período lo que leí mucho fue a los poetas de la Generación del 27 de España y algo curioso es que precisamente en esa generación estaba García Lorca. Ya escribía desde antes, pero la mayor influencia que tuve en esos años fue de ellos y de mis reuniones con el novelista Salvador Garmendia, con Eligio Mujica y con Alberto Anzola, todos escribimos nuestros primeros poemas en ese período. Esa era una poesía muy juvenil. Creo que el cambio ocurrió a mi regreso de Trinidad después del exilio, que fue cuando escribí en Caracas Una isla (1958) y Los cuadernos del destierro (1960) que serían lo libros ya un poco más maduros, gracias al contacto con los amigos del grupo Tabla Redonda.

-¿Como antiguo militante del Partido Comunista de Venezuela, percibe al discurso de izquierda como un modo de expresión poética?

-Hoy no lo veo así. Cuando estábamos jóvenes, todos en Tabla Redonda teníamos entusiasmo con lo que pasaba en Cuba y no creíamos lo que se decía sobre la Unión Soviética. Ahora me parece uno el destino de las revoluciones: los héroes llamados revolucionarios se convierten en lo que combatían, se olvidan de su prédica sobre la igualdad y pasan a formar una clase privilegiada.

-¿Está llamado un poeta a escribir sobre su país?

-Es algo muy personal. Hay poetas que pueden hacerlo y otros que sencillamente no tienen interés en eso, o consideran que la poesía que escriben no se presta para esa tarea.

-¿En todo caso, puede la poesía promover movimientos sociales?

-Ahora no recuerdo algo en ese sentido. Siempre se mantiene en un plano literario porque se trata de un género con pocos lectores, excepto cuando se vincula con un partido y entonces entra en el gran torrente público; pero eso no sucede en la llamada “poesía pura”.

-¿Qué significó el exilio?

-Fui exiliado del 52 al 56 porque participé en la primera gran huelga universitaria contra Pérez Jiménez, con varios compañeros. Éramos 13 y tomamos la Universidad que estaba frente al Congreso (…) estuvimos presos creo que cinco meses en la Cárcel Modelo y, un día, me llevaron los agentes de seguridad al aeropuerto y “me invitaron” a subir a un avión (risas). La primera etapa fue conmovedora para mí porque mi tía vendía arepas en Venezuela para enviarme algo de dinero. Luego conseguí empleo y creo que no la pasé mal. Era irónico, aunque era una colonia, tenía más libertades que mis compañeros que enfrentaban aquella dictadura asesina.

-¿Vive ahora otro tipo de exilio?

-Sí. Me siento como millones de venezolanos confinado en el país; no porque se nos prohiba salir, sino porque económicamente no se puede.

-Por suerte usted acaba de obtener el García Lorca…

-(Risas) Es verdad, pero en casa temíamos no poder visitar este año a mis nietos y a una hija en Francia.

-Si ha sido la timidez un rasgo por el que se la ha reconocido. ¿Por qué ha accedido en cambio a desnudarse a través de la poesía y, más aún, a publicar sus poemas?

-Siempre uno se muestra, pero no de una manera directa, más bien como algo inevitable. Hay muchos poemas que yo no recuerdo. Poemas que están en los libros. Porque no acostumbro leerme.

-¿A qué se debe esto?

-Cuando estoy escribiendo sí me leo, claro. Reviso mucho y corrijo, hasta que el poema o el texto estén presentables. Pero después no quiero volver a intervenir en los poemas, pienso en ellos como una totalidad.

-¿El lenguaje es un arma o un rey al que resguardar?

Prefiero lo último, defender el lenguaje. No me gusta la plabra “arma”, últimamente en el mundo estamos muy llenos de armas y bastante vacíos de lo humano y de las letras.

La nueva ansiedad de Chelique Sarabia

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Foto: Adolfo Acosta

El compositor nacido en Nueva Esparta, creador de más de mil canciones, recibirá un Grammy Latino en homenaje a su aporte a la música latinoamericana

María  Gabriela Fernández B.

Texto publicado en El Universal en septiembre de 2015

Para referirse al compositor Chelique Sarabia (Nueva Esparta, 1940) no basta decir que ha alcanzado con su pluma la creación de un número de canciones que ya supera las miles, donde ha narrado, por igual, momentos de amor y desengaño, e invitaciones al diálogo y al silencio. Tampoco es suficiente recordar que, como siguiendo el ejemplo de Mozart, este músico oriental compuso al menos tres de sus más famosos temas antes de  haber cumplido, siquiera, los 15 años y que, justo en la fecha en la que alcanzó esa edad, Sarabia escribió unos versos que luego interpretarían músicos de la talla de Nat King Col, Plácido Domingo o Alfredo Sadel.

Famoso por la autoría de temas como Cuando no sé de ti, No te muerdas los labios, Alas de cristal, Mi propio yo, En este país y, sobre todo, Ansiedad, de la que se han grabado más de 600 versiones dentro y fuera del país, puede hablarse, sin temor, sobre Sarabia como uno de los compositores más reconocidos de Venezuela. Y es que este músico quien también fue experto en petróleo, piloto de aviones, jefe de publicidad, capitán de un barco y director de televisión, ha legado en su oficio de letras creaciones imborrables para la música en español. Por esto, precisamente, fue seleccionado el pasado martes por la  Academia Latina de la Grabación para recibir un Grammy en homenaje a su trayectoria, “sus logros sobresalientes y su pasión por su oficio”.

La alegre noticia, cuenta Sarabia, llega para distraerlo en un momento en el que se enfrenta a un tratamiento con radioterapias para combatir un tumor benigno en sus fosas nasales. “Que esta gente haya reconocido mi trabajo de 60 años, me satisface y reconforta el espíritu del país. Me dice que yo no he dejado de estar, aunque la mayor parte de mis composiciones la hice durante mi juventud”.

–¿Cómo fue que un niño de un 15 años pudo escribir la letra de Ansiedad?

–Ocurrió un domingo 13 de marzo. Yo cumplía 15 años, y estaba solo. Salí de mi internado en la Escuela Técnica a lo que hacía todos los fines de semana: visitar a algunos familiares y recorrer esta ciudad que era como un monstruo de mil cabezas (porque lo que es criarse en un campo petrolero de Anzoátegui y después llegar a Caracas puede ser traumático). Yo usaba aquellas líneas de autobuses que había antes que se llamaban Circunvalación (1, 2, 3 y 4) y siempre el último recorrido terminaba en la Plaza Bolívar. Ahí, precisamente, estaba en diagonal el Teatro Principal y ese día pasaban la película Ansiedad, de Pedro Infante y Libertad Lamarque.

–Entonces, la película sirvió para motivarlo…

–Recuerdo que la vi como tres veces seguidas, porque era lo que se estilaba antes, con el cine continuo, y porque no tenía nada que hacer en ese día tan especial, porque mi familia cercana estaba en oriente. Después, cuando llegué al internado, creo que fue en agradecimiento por haberme acompañado tanto que escribí una canción con el mismo nombre, aunque con un contenido poético distinto.

–¿Y tuvo, en su momento, alguna dedicatoria?

–Yo no diría que una, yo diría que muchas (risas). No se puede decir que tuvo una destinataria en especial. Visto desde ahora, yo diría que nació de la vida soñada, porque uno de muchacho se imagina cosas. Después, cuando yo llegué ya a los veintitantos años empecé a componer distinto, a escribir sobre la vida vivida.

–Hoy en día, ¿cuál es su Ansiedad?

–Mi familia está casi toda fuera del país, porque se fue por la misma razón que se van todos. La ansiedad que tengo es que Venezuela se enrumbe de nuevo por caminos donde todos podamos vivir tranquilos, porque este país es el único que tenemos y por qué lo vamos a abandonar.

–Como compositor del Himno de Caracas, si debiera reescribir la letra, ¿mantendría sus halagos a la “ciudad primaveral”?

–Claro, porque una ciudad no es un evento. Una ciudad es su historia, su camino andado, su crecimiento. Entonces, tú no puedes circunscribir la historia de una ciudad a un momento difícil. Yo solo nombro a un evento en la letra y es de modo indirecto el 19 de abril, como el inicio de la llama de la libertad de todo el país y eso debe recordarse.

–Sin embargo, ha sido reiterada la intención gubernamental de crear un nuevo himno para Caracas…

–Sí, tengo entendido que el régimen pretende que se haga un himno donde se relacione a su líder en la letra, como si Caracas hubiese nacido a partir de esta época, sin historia. Caracas es el cúmulo de sus eventos. No uno, ni un personaje.

–¿Y qué opina usted sobre este posible cambio?

–No, yo ni opino (risas). En eso no vale la pena opinar. Lo que sí es que puede cometerse una falta de respeto para con la historia. Se han hecho tantas cosas en la política… y cuántas más tendremos que ver…

–Usted mismo tuvo participación en la política nacional cuando escribió el jingle Ese hombre sí camina, para el expresidente Carlos Andrés Pérez. ¿Cómo llegó a esa composición?

–¡Claaaro! Yo trabajaba en una agencia de publicidad y ya había hecho otros trabajos así con Luis Beltrán Prieto Figueroa, que nos conocíamos porque él también era margariteño. Entonces me propusieron integrar el equipo de Carlos Andrés y yo dije que sí, y entré después de los carnavales del 73′. La idea se me ocurrió porque en el primer viaje que hicimos estábamos en Rubio y yo iba muy lento y tuve que descansar porque tengo un problema en una pierna. Entonces, una señora se asomó por su ventana buscando al candidato: ‘¿Pero qué se me hizo? ¡Ese hombre sí camina!’, y ahí, como quien dice, me iluminé.

–¿A quién le escribiría un jingle en este momento?

–A la democracia, a la libertad y a quien en el momento signifique que puede sacarnos de este atolladero.

–¿Y cómo sería?

–Hoy en día ha habido una desviación en materia musical: en términos generales, la música que se estila mueve a la gente de la cintura para abajo, y la música que requiere una campaña política ahorita debe mover de la cintura para arriba: el corazón, los sentimientos, la razón. A veces hasta me pregunto si tiene sentido un jingle, porque no sé qué habría que celebrar. Además, el tema del jingle político es que el producto que estás promocionando piensa y habla. Si tú dices tal cosa y el producto dice otra distinta, te tumba el trabajo. El más grande secreto del mercadeo político es conocer profundamente al candidato y a su pensamiento.

–Hablando de grandes secretos, ¿aplica usted alguno especial en sus composiciones románticas?

–En ese caso, el tema a seguir es lo más importante, y tratar de decirlo de la manera más auténtica. Yo estuve mucho tiempo a la caza de conceptos y frases interesantes que encontraba al mi alrededor para usarlas como inspiración. El otro tipo de composiciones son las que nacen de vivencias personales. Yo diría que hoy en día son las que menos hay, aunque antes eran las más. El mercado ha llevado a esto a ser una  fábrica de canciones para que las muelan.

–¿Por qué cree que Ansiedad fue tan exitosa?

–No lo sé, si lo supiera haría veinte ansiedades. Debe haber tenido algo, claro, pero me gustaría poder saberlo para repetirlo (risas).

–¿Cuánto de su natal región oriental reposa en sus composiciones?

–Creo que en 90% de mis canciones está presente el mar. Eso me lo hizo saber un amigo. Incluso ahora, donde vivo, estoy rodeado de mar y soy un amante de la navegación. Así que mis temas no escapan de eso.

–¿Cuándo fue la última vez que compuso una canción?

–Precisamente estoy escribiendo una que se llama Venezuela es mucho más, y tiene mezcla de tonada, con  joropo y con pasaje. La letra es más o menos en la onda de En este país, que es tratando de concientizar a la gente sobre la necesidad de unirnos. O nos unimos o nos fregamos.

–¿Piensa estrenar pronto ese tema?

– Sí, lo vamos a presentar este 17 de octubre en un concierto que vamos a dar Betulio Medina, María Teresa Chacín y yo en el Santa Rosa de Lima. Cada uno hará su repertorio y aprovecharemos de celebrar el Grammy. Yo ahora creo que algo así era lo que faltaba para terminar de redondear mi obra. Porque las cosas que uno hace tiene que tomarlas en ese sentido, “la obra”, la impronta, aunque por mucho tiempo creía que era un hobbie. Si se mira bien, ver un Grammy como el broche de una vida de trabajo es algo que está bastante bien. Me gusta.
mfernandez@eluniversal.com

Cayito Aponte: “La nueva cruzada del buen humor se libra en los teatros”

Foto: Oswer Díaz Mireles
Foto: Oswer Díaz Mireles

María Gabriela Fernández B.

Texto publicado el 16 de agosto de 2015 en El Universal

Si de algo dice sentir orgullo el humorista Cayito Aponte es de la “flexibilidad” que posee su nariz para moldearse a distintas escalas y de la capacidad que le ha dado su garganta para imitar los timbres vocales de los personajes más disímiles de las escenas política y cultural venezolanas. A sus 82 años, todo él sigue siendo aquel que desde 1959 ha generado las carcajadas de generaciones enteras en el país. Cada palabra pronunciada por su voz, intacta en el tiempo, se aloja en los oídos como una invitación a la risa y cada frase que teje, con la delicadísima mezcla de ingenio y crítica que solo poseen los humoristas, bien puede hacer a cualquiera caer por inocente.

Pionero en la producción de programas de humor en el país, participó en la creación (y en cada edición hasta su cierre) de la famosa Radio rochela, que inició con la edición meridiana del micro La cruzada del buen humor. Su trayectoria, donde también se ha curtido como cantante lírico y actor, le abrió las puertas de sus bares y de la televisión a algunos de los mejores integrantes de la siguiente generación de humoristas, como Emilio Lovera o “Er Conde” del Guácharo. Incluso, y lo dice entre risas, Cayito puede jactarse de haber sido “el primer Cristóbal Colón del país”, por haber obtenido ese papel en el primer montaje de la ópera Los martirios de Colón, de Federico Ruiz, que adapta el texto de Aquiles Nazoa.

Ahora volverá a la tablas caraqueñas con su participación en el elenco de Vivo. El musical, una producción dirigida por Oscar Gil que rinde homenaje a la agrupación venezolana Guaco y que realiza un paseo por lo últimos 40 años de la historia contemporánea venezolana. En el montaje, Cayito interpreta el personaje de Aldo, un italiano que hizo de Venezuela su patria y que lucha por mantener el ánimo de su hija y de su socio ante lo que parece el inminente cierre de su bar El pastelero. “Aldo es, ante todo, un optimista. Él dice que todo se puede solventar, que los males son pasajeros. “Mientras haya petróleo”, opina él, “no hay nada de qué preocuparse'”.

-Y eso que Uslar Pietri diría lo contrario…

– (risas) Por eso es que en un momento que invitan a Aldo a una fiesta de esa industria él dice: “Bueno, es que el petróleo siempre ha sido una fiesta”. Es un personaje maravilloso.

-¿Y usted también enfrenta la realidad con la alegría de Aldo?

-Yo sí, yo encuentro cualquier huequito y digo que siempre hay que empujar la carreta, no importa si está en un barrial, hay que empujarla para que salga y buscar la manera de disfrutar las cosas. Acuérdate que yo nací en La Victoria, yo sé bastante de carretas.

-¿Cuánta cuota de optimismo se requiere para dedicarse al humor en el país?

-Las dos cosas van de la mano, porque la gente triste no gana batallas. El humor es como el agua cuando busca su propio cauce, que debe irse metiendo por los obstáculos que sean, porque siempre hay una manera de hacerlo sin que se den cuenta. Como decía Aquiles Nazoa: El humor es hacer pensar a la gente sin que el que piensa sepa que está pensando.

-¿Hacen falta, entonces, más dosis de humor?

-Más bien de voluntad de hacer. Hay que tener mucha voluntad para seguir creando y echando adelante el país, para tratar de ir saneando a la sociedad venezolana. Lo han logrado otros países que han estado completamente destrozados y hoy son una potencia, porque no se amilanaron. Siempre hay un futuro, lo que pasa es que el futuro nunca existe.

-¿Por eso decidió participar en Vivo. El musical?

-Como en muchas de las cosas de mi vida, yo no decidí, a mí me decidieron (risas).

-¿Cómo es eso?

-A mí me llamaron y me pareció que era buena idea participar en un homenaje para Guaco, que tanto nos ha alegrado la vida. Además es sabroso hacer cosas nuevas en el escenario: yo nunca pensé cantar Guaco, mira que pasar de Puccini a Guaco es una cosa muy extraña.

-¿Y en dónde más lo han decidido a usted?

-Para entrar a la televisión. Yo estaba estudiando Arquitectura y organizábamos El Show de arquitectura. Ahí nos vio Charles Barry y fue como Tito (Martínez del Box) nos propuso hacer lo que él ya venía haciendo en Argentina. Comencé un 16 de septiembre de 1969 a las 12:45 de la tarde.

-¡Y lo recuerda con esa precisión!

-¡Claro! Eso fue para mí una cosa maravillosa, primera vez en mi vida que veía una cámara de televisión. Fue cheverísimos porque yo era un completo irresponsable, no tenía nombre, nadie me conocía y me pusieron ahí a cantar. El año siguiente, reunido con Tito y Edmundo (Valdemar) en el Bar Rico de Quinta Crespo, decidimos que el programa se llamaría Radio rochela.

-Son pocos los espacios de humor que quedan en la televisión nacional ¿Para dónde migraron las risas?

-La nueva cruzada del buen humor se libra en los teatros. El humor no se ha achantado, la Ley Resorte y sus cosas son acicates para el humor, porque lo que nos hace es ponernos a pensar más y mejor. “Las crisis a veces son necesarias porque siembran conciencia”, esas son palabras de Aldo, y uno ve que hay nuevas generaciones que han sabido darle la vuelta a las restricciones y encontrar nuevos espacios para hacer reír.

-¿Tenemos legislaciones para la amargura?

-(Risas) No, chica, eso no hace falta. El problema en verdad no es que haya leyes contra el humor, sino que hay quien ejecuta el mal humor, quien no tiene sentido del humor, y eso es una cosa muy grave, porque dicen que el humor pertenece a los seres inteligentes.

-La crisis del bar El pastelero hace que los personajes de Vivo se pregunten si deben irse, y esa es una duda que ha tocado a muchos venezolanos. Con esta diáspora, ¿se fue la audición?

-No. Los países nunca se van. Los países quedan y los problemas pasan. Hay altos y bajos como todo en la vida, pero siempre habrá una siembra, alguien que continúe el trabajo y que siga echando varilla.

-En el último episodio de Radio rochela cantaron que tenían “el don de Matusalén”. ¿Se siguen reuniendo los rocheleros?

-Sí, somos una familia. El único que queda de la primera etapa soy yo, que soy un sobreviviente (risas), pero todos los que han pasado por la Rochela regaron su humor por Venezuela. Es como un árbol frondoso que sigue dando sombra y frutos. No diré que es un Samán, por no entrar en polémica…

-¿Y es que alguna vez le ha preocupado la polémica?

-Para nada. Si Radio rochela gustó tanto fue porque nos nutríamos de lo que sucedía en el país. No era un humor en una cápsula de cristal, sino que pateábamos la calle y nos metíamos con todo y con todos. Recuerdo una anécdota con Gonzalo Barrios que me llamó y me dijo: “¡Qué riñones tienes tú, tuvimos que suspender el Consejo de Ministros para ver la Rochela porque sabíamos que te ibas a meter con todos nosotros!”.

-¿Cómo eran las jornadas de planificación de un programa de la Rochela?

-Decíamos: “¡Vamos a meternos con esto!” y hacíamos hasta una especie de organigrama y todo. Luego nos lo repartíamos según el estilo de cada uno.

-¿Cuál fue el personaje que más disfrutó imitar?

-El que más me ha gustado era Uslar Pietri, creo que la imitación era mucho más característica, más parecida que con los demás. También hice a Renny (Ottolina) cuando yo tenía pelo, y quedó tan pero tan bueno que a veces hasta lo ayudé en el programa… -bromea.

-¿Qué les dice a quienes piensan que reírse de los problemas, mas que ayudar al venezolano, le dificulta enfrentar la realidad?

-Es un arma de doble filo. Porque realmente nosotros tomamos muy a la ligera ciertas cosas, pero si no fuéramos así estaríamos contra el piso. Lo que nos llena de energía a los venezolanos es esa característica de tomarlo todo en broma y de hacer un chiste en las peores situaciones. Solo la alegría debe durar para siempre.

Santiago Pol, la audacia de la imagen

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María Gabriela Fernández B.

Texto publicado en El Universal

El artista visual Santiago Pol (Barcelona, España, 1946) viajaba en un avión cuando decidió dedicar su vida a la elaboración de carteles. Era diciembre de 1967 y cruzaba el océano, desde París hacia Caracas, con más tristeza y frustración que con esperanzas de un futuro promisorio. Había abandonado sus estudios de Dibujo en la Universidad de Bellas Artes y detenido a la fuerza su colaboración en creaciones del padre húngaro del op art Victor Vasarely.

Nada hubiera podido indicarle, durante aquella travesía de turbulencias internas, que el nuevo rumbo que emprendía le llevaría, 48 años más tarde, a ser ubicado entre los 250 mejores diseñadores del mundo.

Pol, quien ha desarrollado su vida y talento en Venezuela, integra desde 1997 la Alianza Gráfica Internacional (AGI) y fue recientemente seleccionado por la Organización Cato Brand Partners, del australiano Ken Cato, para participar en el proyecto editorial “My First Choice” (Mi Primera Elección) en el que se agrupan las siete creaciones que cada uno de los participantes eligió como sus mejores trabajos individuales. En el libro, que se espera que salga a la luz en octubre, Pol destaca como su  obra principal un cartel titulado Coexistencia, elaborado para integrar una exposición que inaugurará en Biel, Suiza, en septiembre, y que tiene como tema este valor humano. La imagen de una huella digital (la suya) colocada en blanco y negro y divida a la mitad entre positivo y negativo ocupa el cartel y sobre ella se leen, con sus característicos colores vivos, las letras del título de la obra. “Fue un diseño que hice pensando en Venezuela, como mi contribución a la concordia en un país en el que hay fuertes divisiones aún cuando todos somos esencialmente humanos”, declara Pol, quien insiste en que el diseño gráfico bien ejercido debe tener, ante todo, una utilidad clara en su labor comunicativa.

–¿Es el cartel una forma de arte?

–El diseñador, a diferencia del artista en sus pinturas, realiza su proceso creativo desde afuera hacia adentro. Recibe las indicaciones del cliente, las interpreta e inicia así su proceso creativo (…) sin embargo, creo que el cartel es la forma del diseño más parecida a la pintura, porque se mira desde lo frontal y su técnica es parecida.

–También sucede que el cartel es un elemento efímero, que nace para dar sentido a una idea o promover algo en un momento y lugar determinado y que, además, es observado con mucha rapidez por quienes se lo cruzan en la calle. Una obra de arte invita a detallarla, pero un cartel debe ser un golpe en el ojo de la audiencia, que le deje el hematoma en la mente.

El género camaleónico

Pol fue galardonado con el Premio Nacional de Artes Plásticas (2002-2003) y representó a Venezuela con sus obras en la Bienal de Venecia de 2005. Además, en compañía de maestros como Gerd Leufert, Nedo y Álvaro Sotillo participó en 1978 en el diseño de La nueva estampilla de Venezuela, hizo el plano del Metro de Caracas, en 1982; el logotipo del Consejo Nacional Electoral y hasta un cartel para los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Sin embargo, niega que la fama sea un valor que le acompañe. Por el contrario, declara: “Si algo he aprendido es que el diseño de carteles es una profesión ingrata. Por mucho tiempo trabajé creyendo que lo hacía mal, porque duraba hasta un año haciendo un diseño y no recibía feedback, luego vi que el mejor diseño es el más natural, el que apenas requiere firma, el que responde mejor a la necesidad comunicativa del cliente que al ego del diseñador”.

En una época en la que el photoshop y los programas avanzados eran apenas un sueño de muchos, modelaba esculturas para incluirlas en sus obras e incluso amaestró a una paloma durante seis meses para una fotografía que utilizó para el cartel 1986 Año Internacional de la Paz. Aún hoy, confiesa realizar cientos de bocetos en portaminas antes de llegar a la idea final que selecciona para sus carteles. Aún así, no mira a la tecnología como un elemento amenazante sino como algo que puede jugar a su favor.

–”El cartel ha sido como un camaleón que ha mutado para adaptarse a todos los cambios tecnológicos. Poder  enviarlo a otros países a través del correo electrónico les abre posibilidades a muchos que no cuentan con recursos o que, como yo, viven en el interior (reside en Yaracuy). Sobre todo ahora, cuando hay más formación en el país, y el mundo del diseño ya no es algo exclusivo de Caracas, como fue en sus inicios”.

–¿Pierde el cartel su condición al cambiar el muro como soporte y transformarse en una imagen dentro del computador?

–Es cierto que Internet ha traído cambios, pero para mí sigue siendo importante la relación final calle-cartel y creo que su función fundamental se cumple ahí, en los 3 segundos que alguien se detiene a verlo.

–¿Cree que los banners y la publicidad web puedan sustituir a los carteles?

–No lo creo. Con los banners ocurre que son elaborados en su mayoría por operadores que tienen educación tecnológica pero no concepto sobre la sensibilidad del ojo. Un cartel tiene que ser audaz, mostrar en imágenes algo nunca dicho. Es mucho más que una ilustración, porque un buen diseño requiere nacer del pensamiento y generar pensamiento. En un cartel se debe ver la conciencia de la responsabilidad que implica comunicar.

mfernandez@eluniversal.com

Mario Calderón: “Los juguetes son caminos de arte”

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María Gabriela Fernández B.

Texto publicado el 5 de julio de 2015 en El Universal

No es sencillo intuir el punto en el que una figura sonriente, una pelota o, acaso, un avión logra su metamorfosis. Pero es certero que aquello que pudo ser en principio un objeto de madera con detalles coloridos y grandes ojos que emulan felicidad, puede convertirse luego en la más valiosa posesión de un niño, en el compañero fiel de tardes de juegos. Y aunque no sea imperante la presencia de un juguete para que un pequeño haga volar su imaginación, es al tenerlo en sus manos cuando esgrime la sonrisa más sincera, solo superada por esa que se alcanza cuando, adulto, el hombre recuerda o halla esa pieza predilecta desde la distancia que le imponen los años.

Como si de un mundo aparte se tratara (y aunque se siembren tan dentro de la emoción humana) cada una de estas piezas forjadoras de alegrías es producto de las manos e ideas de un creador de juguetes y del esfuerzo de su equipo de artesanos de taller. Así lo recuerda Mario Calderón, un hombre que halló en la madera el destino que negó a la medicina y a la música y que hoy es catalogado como el más famoso hacedor de juguetes del país por encargarse no solo de elaborar y coleccionar piezas creativas sino también de mostrar su valor artístico en salas de exhibición y galerías.

Aunque es de origen caraqueño, el acento en la voz de Calderón revela sus años de residencia en Mérida, en donde ha vivido desde 1976. En esa tierra andina hizo sus primeras piezas y vio crecer su colección que hoy supera los tres mil juguetes entre aquellos que han sido diseñados por él, y los que ha adquirido en diferentes países de los cinco continentes. Del total, una selección de al menos 430 objetos, dos de ellos de su propia infancia, se encuentra exhibida y a disposición del público en el Centro Cultural BOD, donde permanecerá hasta el próximo 30 de agosto.

-Esta exposición es resultado del azar de mi vida y un recuerdo a la belleza de mi infancia ¡Hay hasta un View master que me regalaron en mi Primera Comunión!

El taller de recuerdos

Calderón viste de blanco, como si hubiera decidido ceder los colores de sus prendas a las piezas del salón. Sonríe con nerviosismo y, sentado en una esquina de la sala, podría pasar por una figura más de la colección. Una figura morena que se dispone a contar una historia feliz en la que, curiosamente, los puntos de inicio fueron la nostalgia y la muerte.

Cuando cursaba en su juventud los estudios de medicina en la Universidad de Los Andes, viajó con su pareja de entonces, llamada Pilar Cabrera, a conocer una tienda de juguetes en Rubio, propiedad de una mujer llamada Elisa Ostos. Ahí ocurrió la primera revelación: en las vitrinas de ese templo infantil pudo ver a unos pequeños cadetes que le recordaron a aquellos con los que jugó en su niñez por última vez. La impresión fue tal que, días después, Pilar le sugirió dedicarse a fabricar muñecos de madera.

Cuando inició su preparación, sucedió el segundo evento decisivo: mientras él participaba en un festival de títeres en Argentina, Pilar falleció por un accidente de tránsito en Venezuela. “Me enteré meses después y ahí me determiné a dedicar mi vida a esto, ahí fue que empecé a ser el Mario Calderón hacedor de juguetes”.

Desde entonces, fundó el taller de Juguetes Del Pilar y luego la Casa del Juguete en Mérida, donde fabrica, colecciona y exhibe piezas que representan cien años de evolución de la historia del juguete. Calderón ha llevado sus creaciones a encuentros y exhibiciones en Europa, América entera y el medio oriente y, en septiembre de 2014, recibió el reconocimiento de la Unesco a Excelencia en la Artesanía por un ensamblaje de los Diablos de Yare en madera. La exposición actual en el Centro Cultural BOD coincide con el anuncio de su participación en el International Folk Art Market de Santa Fe, en Estados Unidos, prevista para el próximo fin de semana. “Llevaré algunas de mis piezas más conocidas, para exhibirlas a todo el mundo, como estoy haciendo aquí en Caracas”, apunta.

-Vistos así, colocados en vitrinas, los juguetes parecen más objetos para el recuerdo que para el juego…

– Te digo, si yo fuera el niño que fui, que jugaba por las tardes con mis amigos de Artigas, y me traen para acá a ver piezas que no puedo tocar, creo que pensaría que es un castigo (risas) pero para los adultos es distinto. Para los adultos, esto es como un bálsamo para el alma.

-¿Entonces, apuesta a la nostalgia en sus creaciones?

– Yo nunca me imaginé cuando comencé a hacer juguetes que el público que realmente iba a perseguir este trabajo era de adultos, pero me di cuenta de que exposiciones así son una vuelta a la niñez. Tú los ves que entran y se transportan porque, como sea, todos fuimos niños. Yo pretendo que el juguete sea visto desde un punto de vista afectivo, que se recuerde como un objeto de reflexión y compañía más que de puro entretenimiento.

-¿Por qué el ser humano se desprende del juguete al crecer si siente por él un vínculo tan profundo?

– Porque aparecen otras ofertas, oficios, carreras, y eso lo distrae del pensamiento de imaginar. Por ejemplo, es normal que la gente no recuerde cuándo fue la última vez que jugó de niño; incluso yo: si no hubiera visto a los cadetes en la tienda de Rubio no me hubiera conectado con este destino.

-¿Son los juguetes obras de arte?

– A mí el juguete siempre me ha enternecido mucho. Además, cuando empecé a ver el acabado de los que compré en aquella tienda de Rubio, tan delicados y tan bien hechos, entendí que los juguetes son caminos de arte, con técnica y capaces de generar emociones. Me refiero a esos, claro, los que eran hechos a mano y con cariño, antes de que se industrializaran y se convirtieran en esa cosa masiva que les imponen ahora a los niños.

– ¿Teme que los juguetes de madera puedan desaparecer con la producción masiva y los cambios generacionales?

– Puede ser que estén en riesgo porque no somos muchos los hacedores de juguetes en Venezuela y porque hay mucha importación y publicidad de juguetes de plástico. Pero creo que no van a desaparecer nunca: siempre va a haber alguien con interés por el pasado, y todavía hay gente que no quiere que esto se pierda, como para no perderlo todo.

mfernandez@eluniversal.com