La búsqueda del Vigas perdido

janine
La esposa de Oswaldo Vigas protagonizó con él el documental “El vendedor de Orquídeas” Foto (Venancio Alcázarez)

María Gabriela Fernández B.
@mariagfernandez
Texto publicado en El Universal en agosto de 2016

El vendedor de orquídeas se sostiene en la memoria de quienes dicen haberlo observado y en los anhelos de quienes han emprendido sin señas su rescate. De este cuadro del fallecido pintor valenciano Oswaldo Vigas, quedan sólo historias e inventarios verbales. No hay fotografías. No hay bocetos. Sólo la esperanza sin mengua de su hallazgo. Los relatos descriptivos de su autor, perpetuados con su verbo en un filme documental.

Pintada por un Vigas de 16 años que empezaba a interesarse por la representación de la figura humana sobre el lienzo, y que tenía por modelo a su hermano Reynaldo, esta obra de quien luego se convertiría en uno de los principales artistas  de la modernidad plástica en Venezuela bien puede estar hoy en las paredes anónimas de algún comedor de Tinaquillo o Guacara (donde Vigas vivió  buena parte de su infancia y juventud), o en manos de algún coleccionista que no ha atinado a avisar a la familia del pintor sobre su existencia.

No importa. No sólo Janine de Vigas, viuda y siempre compañera del artista, no ha cesado en su interés de dar con esta obra que completaría la colección de piezas de la juventud del creador (a la que también espera sumar El entierro de la sardina, otra obra perdida). Sino que el director de cine venezolano Lorenzo Vigas, hijo del artista plástico, transformó a la búsqueda de El vendedor de orquídeas en el hilo conductor de la cinta que estrenará el próximo 8 de septiembre en la edición 73 del Festival Internacional de Cine de Venecia. El largometraje de tipo documental, con el mismo título del cuadro, fue protagonizado por el propio pintor, escultor y muralista antes de su muerte, y formará parte de la selección oficial, fuera de competencia, de La Mostra italiana, que iniciará hoy para extenderse hasta el 10 de septiembre.

En casa de los Vigas

Un gato descansa plácidamente sobre una delgada mesa circular. Abre sus ojos al escuchar los saludos, mas no rompe la elegancia de su caracol, como si fuera consciente de que su gracia de esfinge combina a la perfección con las pinturas de Fernando de Szyszlo, Feliciano Carvallo, Oswaldo Guayasamín y, claro, Oswaldo Vigas que, entre otras obras de arte, le rodean en la sala.

Janine de Vigas se sienta frente a sus orquídeas. Se declara agotada. “Los dos Vigas me dan mucho trabajo, y mira que yo ya tengo 81 años”, dice entre risas. Además de acompañar a su hijo a la premiere privada de la película Desde allá, ahora se prepara para continuar la gira de estrenos nacionales de la cinta y para viajar a Venecia, donde desfilará de brazos del director por la alfombra roja, como coprotagonista en El vendedor de orquídeas. “Para mí es una alegría saber que Oswaldo y Lorenzo estarán de algún modo juntos en Venecia. Él me insistió para que fuera al Festival, me dijo que quería ir con su actriz principal”, relata.

–Lorenzo siempre había querido hacer un documental sobre su padre, pero no quería  de ningún modo que fuera uno de esos documentales aburridos donde únicamente aparece el artista y algunos expertos hablando sobre su obra. Este es diferente, este es como una película. No se verán tantas obras, sino al hombre. Nos fuimos con él a recorrer esos lugares donde podía estar el cuadro y para Oswaldo significó el regreso a los espacios de su infancia, mientras que yo iba por primera vez a varios de esos sitios que me parecieron muy hermosos. Hay una escena bella de él en Las Trincheras. Lorenzo lo hizo todo. Él iba sólo con un ayudante, y cargó la cámara, dirigió, escribió. Hizo todo.

–¿Cómo vivió la experiencia de ser actriz?

–En las grabaciones fui la Janine de siempre. No tuve que actuar. Estaba ahí, al lado de Oswaldo, como siempre estuve, acompañándolo en su camino. A veces, Lorenzo nos filmaba sin que nos diéramos cuenta. En una parte salgo buscando un periódico en el quiosco (porque ahí pusimos los anuncios de búsqueda del cuadro) y yo ni supe que me habían grabado. Hay momentos que salgo muy fea y en otros sí arreglada– y ríe, mientras se ajusta el gancho que recoge su cabello.

Las grabaciones, relata, se llevaron a cabo entre Valencia, Guacara, Tinaquillo y Puerto Cabello, pero también en la casa de los Vigas. “Aquí rodamos durante una semana entera. En un momento llegó a haber hasta quince personas, abajo en el taller y aquí en la casa y todos trabajaban sin parar”. Durante los viajes, concretaron encuentros con familiares y amigos del artista, y también con posibles poseedores del cuadro, quienes compartieron sus impresiones ante la cámara, aunque no todas permanecieron en el filme tras las largas jornadas de edición. “Fue un proceso emotivo para todos, sobre todo para Lorenzo”, recuerda la madre y esposa de los Vigas.

El deseo

Cuando a Lorenzo Vigas se le consulta sobre este documental que tendrá su premiere mundial en Venecia, recuerda a los más de cinco años de trabajo dedicados a la cinta como “emocionantes y dolorosos” y también como “una terapia familiar”. Al material final, relata, le terminó algunos ajustes de color apenas una semana antes de su regreso a Venezuela para la promoción de Desde allá (que estrena este viernes), aunque el rodaje fue realizado antes que el del filme que resultó laureado en 2015 con el León de Oro. Una primera versión de El vendedor de orquídeas fue proyectada en un encuentro familiar cuando el Vigas protagonista aún estaba con vida. Al respecto, una emocionada Janine recuerda: “Los dos quedamos felices con el resultado, y los pocos que lo vieron no pudieron contener sus aplausos. Para Oswaldo fue muy emocionante ver ese documental hecho por su hijo querido”.

Aunque la aún guardiana de los tesoros de Oswaldo Vigas desconoce la fecha de estreno del documental en Venezuela (supone que será después de su gira por los festivales internacionales del género), desea que al arribo de ese día se realice en simultáneo la exposición Vigas. Los inicios, con obras elaboradas por el artista desde los 14 años hasta su viaje a Francia. “Oswaldo suponía, y también yo lo creo, que él vendió el cuadro en algún momento de su juventud, para mantenerse, pero esperamos conseguirlo y cumplir el sueño de exponer esas primeras obras extraordinarias”.

Anuncios

Lorenzo Vigas: “Somos víctimas de la realidad”

lorenzo-vigas
El director venezolano fue el primer latinoamericano en ganar un León de Oro              (Foto: Vicente Correale)

María Gabriela Fernández B.
@mariagfernandez
Texto publicado en El Universal en agosto de 2016

Transcurre uno de esos mediodías caraqueños en los que el sol se alterna sin avisos con los nubarrones. Es la 1:40 pm, y el director de cine venezolano Lorenzo Vigas espera en el interior de su apartamento en Los Palos Grandes mientras su esposa Marianne Berti, recibe en la entrada al equipo de prensa.

-Hola ¡bienvenidos! ¿Quieren agua, un cafecito? cuando quieran, comenzamos.

Vigas no viste el traje despreocupado de quien descansa en el hogar. La camisa blanca y el saco azul oscuro, perfectamente planchados, dan fe de su jornada de encuentros con la prensa y le suman sofisticación a las labores que emprende durante su paso por Caracas, donde se prepara para estrenar el 2 de septiembre su película Desde allá, preseleccionada por Venezuela para los Premios Óscar.

Cuando sonríe, lo hace como si el tiempo le perteneciera, con la seguridad de quien anda sobre un sueño alcanzado. No es para menos, a punto de cumplirse un año desde el día en que su cinta obtuvo el primer León de Oro para Venezuela en el 72° Festival de Cine de Venecia, se alista para integrar a partir del 31 de agosto el jurado en la edición 73 de la Mostra donde, además, proyectará el 8 de septiembre un largometraje documental sobre su padre, el pintor Oswaldo Vigas, titulado El vendedor de orquídeas, en la selección oficial fuera de competencia.

-¿Cómo se prepara para volver a Venecia, ahora como jurado?

-Es una ilusión enorme saber que serás miembro de un jurado donde el presidente es Sam Mendes, y que vas a calificar películas de maestros como Terrence Malick o Andréi Konchalovsky. Que Alberto Barbera, director del Festival, confíe en mí de esta manera quiere decir que están apostando por mí, y eso lo agradezco. Ya tengo ganas de entrar en discusión con los miembros del jurado, generalmente se dan discusiones acaloradas y hay gente de gran trayectoria.

-En su caso, pasó de estar alejado de los festivales a tener poder de decisión en Venecia, gracias a Desde allá

-Sí, marcó un antes y un después de una forma brutal, pero si alguien me pregunta ‘¿con una sola película te pasó todo esto?’ yo le digo que yo pasé 48 años para hacer esta película. Fueron años dedicados a ella y también a ver mucho cine. Es cierto que después del León de Oro todo ha cambiado, se me han abierto posibilidades, y yo me considero oportunista en el sentido de que no me gusta desaprovecharlas.

Las paredes de la sala de Vigas son de obra limpia, y el suelo y la mesa de centro, de un mármol sobrio. Incluso en la extensa colección de películas de autores como David Lynch, Martin Scorsese o John Cassavetes exhibidas en las bibliotecas, se percibe un orden calculado. Algunos cuadros colgados, como una  pintura de Vigas padre junto al balcón, completan la escena.

-¿Por qué Desde allá llega a Venezuela un año después de su estreno mundial?

-Pensé mi película para que tuviera una vida internacional. El plan era dejarla competir en premios, y que eso le sirviera de promoción. Era perfecto estrenarla en abril, pero no contábamos con el racionamiento eléctrico. Somos víctimas de la realidad del país.

-¿Teme que se haya perdido la expectativa?

– Espero que no, porque la película sigue dando noticias. Como director, que he visto la reacción controversial de la gente afuera, me alegra que por fin los venezolanos puedan involucrarse con ella. Esta película es de los venezolanos.

-¿Cuánto de Venezuela hay en la historia?

-La película es profundamente venezolana. Está la realidad de la calle, de Élder, de estos chamos humildes que tienen que salir a robar. Luego esto de las clases bajas y la homofobia. Además, se siente una tensión en la calle muy de este momento, y también el contraste entre las clases. Pero la trama es universal: es una historia de relaciones padre-hijo, de poder y dominación, de soledad.

Berti se disculpa, entra en la sala con una bandeja y coloca sobre la mesa las tazas con el café. El tintineo de la vajilla contrasta con el balbucear de un bebé que juega en la habitación contigua. Vigas continúa con la mirada fija. No bebe un sorbo.

-Dicen que en cada obra  hay  algo de autobiográfico ¿Qué parte de usted dejó en Desde allá?

-Es paradójico, porque ahí nada es autobiográfico: yo soy heterosexual y una de las partes más duras del proceso del guión fue meterme en la cabeza de mis dos personajes, entenderlos emocionalmente. No soy tampoco un tipo que busca chamas y les paga. No es mi realidad, pero ahí están mis obsesiones.

– La referencia a la figura paterna es recurrente en sus cintas y justo presentará en Venecia un documental sobre su padre ¿Por qué filmar ahora su propia historia?

-Estoy haciendo una trilogía de ficción sobre el padre latinoamericano, con Los elefantes nunca olvidan (2004), Desde allá (2015) y que cierra con La caja, que la voy a rodar en México en marzo, coproducida con Michel Franco, sobre un joven al que le entregan una caja con los huesos de su padre, en una fosa común. El documental sobre mi papá no lo considero parte de este grupo porque en la trilogía hay ficciones que salen de mi inconsciente, de esa necesidad que yo mismo no entiendo de hablar sobre la paternidad. El documental es diferente, es real

-Yo siempre le quise hacer una película a mi padre y terminó siendo una película sobre mí. Lo grabamos cuando él estaba en vida, él lo protagonizó con mi madre, y ambos aceptaron el resultado a pesar de que toca temas delicados. Fue un proceso doloroso. Yo diría que parte del éxito de Desde allá se debe a que antes hice el documental. La realidad te da paciencia y yo soy muy controlador. Sufrí. Me llevo mejor con la ficción.

–Es fácil imaginar que la imagen del padre al que el personaje de Armando ve “desde allá”, podría ajustarse a la sensación de ser hijo de Oswaldo Vigas…

-En mi adolescencia sentí mucha presión por eso, y creo que quizás esa presión me hizo conectar a nivel arquetipal con el arquetipo del padre para desde ahí abordar ficciones. Mi papá se conectó por otros motivos con el arquetipo de la figura femenina, que son las brujas… Él  abordó a la madre, yo al padre.

-¿Continúa el tema en sus próximos proyectos?

-¡No! Tengo un proyecto en EEUU, que será una historia de amor en un college. Lo del padre lo cerré y no quiero volver a eso… tal vez porque ya soy padre.

-¿Le cambió la paternidad?

-Aún no, capaz porque todavía Andrei no dice “papá”. Sigo siendo el inmaduro de siempre, y disfruto mucho a mi chamo.

Antes de despedirse, Vigas se pone de pie, se ajusta la chaqueta, se peina el mechón que cae hacia su frente y posa ante el lente fotográfico. “Al salir de Venecia, bajo la santamaría para dedicarme a La caja“, promete. Su agenda es la del torbellino de las travesías que comienzan. Revisa la hora, le esperan otros compromisos.

@mariagfernandez

José Vívenes desmonta los falsos héroes

vivenes
El pintor resalta el agotamiento de las imágenes de los próceres patrios  (Foto: Nicola Rocco)

María Gabriela Fernández B.
@mariagfernandez
Texto publicado en El Universal en agosto de 2016

Temas del jazzista Miles Davis ambientan el salón que sirve de taller al pintor venezolano José Vívenes (Maturín, 1977), en la urbanización Los Palos Grandes, de Caracas. En las esquinas, se agolpan lienzos enrollados, tubos de pigmentos, recortes de papeles y torres de libros que rebozan de una biblioteca en la que conviven textos de historia y sociología con otros de arte, de autores tan distantes como Joan Miró, Armando Reverón, Lucian Freud o Francisco Narváez.

En las paredes, pinceladas sueltas dialogan con fotografías originales de Luis Brito, como una de las capturadas a las muñecas de Reverón. “Ellas fueron mis primeras modelos cuando empecé a interesarme por la pintura de la figura humana”, comenta. Además, se suman recortes de prensa con imágenes de víctimas de la violencia en el país, y post-it con anotaciones y conceptos sobre la pintura como disciplina.

Este artista, quien obtuvo en 2015 la mención honorífica del premio Eugenio Mendoza por su serie Basta de falsos héroes, se declara, ante todo, pintor e investigador, y asegura que su modo de hacer arte es uno en el que la obra pretende erigirse como espejo de la sociedad a la que pertenece. Por eso, sus pinturas, desprovistas de referencias a la vegetación de su Monagas natal, se ven colmadas, en cambio, por reflexiones y críticas de corte identitario sobre la manera en la que son utilizados los símbolos dentro de los discursos que componen el imaginario político nacional. Así, en las obras de esta serie exhibidas actualmente en la Sala Mendoza como parte de la exposición colectiva Tras bastidores, figuras uniformadas que recuerdan a Simón Bolívar visten tutús de ballet o presentan sus rostros ocultos e intervenidos por pinceladas. “Me interesa investigar y reflejar el desgaste del significado de la imagen de las personas a las que se ha querido glorificar. Siempre he sentido que la humanidad busca creer en un emisor que se vale de un discurso lleno de fantasías  con un objetivo, el de mantenerse en el poder. En Venezuela, para contextualizarlo, se da con la figura militar, con la figura de los próceres, que han sido tan usadas que empiezan a convertirse en algo borroso y poco delineado”.

-¿Qué significa hoy para usted Simón Bolívar?
-Para mí, hoy, nada. Lo que hizo antes de 1830 fue importante en la historia del país, pero su imagen ha sido tan usada y ha habido tal desgaste del significado que hoy el significante no me lleva a algo claro.

-Pertenezco a una generación que no tiene identidad, que ha vivido cambios tan repentinos de nombres e imágenes simbólicas (como la bandera, el caballo del escudo o las propias versiones de los próceres) que finalmente no tiene algo claro que lo identifique, más allá de un número de registro en la cédula o en el pasaporte.

Pertenezco a una generación que no tiene identidad que ha vivido cambios tan repentinos de nombres e imágenes simbólicas (…) que finalmente no tiene algo claro que lo identifique

Con todo, su taller está repleto de representaciones de Bolívar, en su mayoría cubiertas por pintura o por recortes a modo de collage, desde donde se desprenden nuevos significados. Un busto en yeso y varios libros de pinturas sobre el prócer fueron ya “víctimas” de la inspiración crítica de Vívenes. Por ejemplo, mientras se refiere al tema, enseña su ejemplar del libro El rostro de Bolívar, de Alfredo Boulton, al que intervino de tal modo en su interior con dibujos, anotaciones y reinterpretaciones visuales, que modificó su portada con recortes para colocar ahora Alfredo Boulton y los rostros de Bolívar, por José Vívenes.

El tiempo que fue
Si a Vívenes se le pide echar el tiempo atrás y remontarse al origen de su interés por la pintura, lo primero que elige es nombrar a su padre, de quien heredó el nombre y también, dice el artista, la pasión por los objetos. Ebanista de profesión, fue con él con quien Vívenes se acercó desde su infancia, primero como diversión y luego  con seriedad, a la valoración de las formas y del hecho estético. Su interés y curiosidad por el color le llevó a ingresar a los 15 años a la Escuela Técnica de Artes Plásticas Eloy Palacios. Al terminar el bachillerato, cursó un año de estudios de Historia en el Instituto Pedagógico de Maturín, para abandonarlo pronto y dedicarse de lleno a las artes tras su inscripción a los 21 años en el Instituto Armando Reverón en Caracas. “Ahí conocí el arte contemporáneo, algo que nunca he digerido del todo, y luego el regreso a la modernidad. Ahí di mis primeros pasos certeros en la pintura”.

-¿Por qué la pintura como disciplina para la expresión de sus inquietudes en una época donde todo apunta a lo transmedia?
-Es una herencia que adquirí y que no voy a permitir que fallezca. Me formé como pintor, visualmente hay un atractivo por el color, por la forma, creo que la pintura me ha funcionado como herramienta para comunicar lo que me interesa como investigador. La pintura siempre va a existir a pesar de que existan nuevos medios o disciplinas. Por ejemplo, se hace pintura animada, pero no se puede hacer animación sin pintura. La pintura, y sus conceptos, siempre se van a contextualizar en las artes visuales sin importar la herramienta que se utilice.

La pintura siempre va a existir a pesar de que existan nuevos medios o disciplinas

Aunque la indagación de la figura humana y su contexto estuvo presente desde sus trabajos iniciales como pintor, fue tras sus primeras exposiciones cuando este joven empezó a sumar a sus obras la carga social. Para explicar este cambio, recuerda el libro Vanguardia, transvanguardia y metavanguardia de Víctor Guédez. “Ahí él dice que el artista se enriquece de lo que ocurre en la sociedad, y es así, yo no puedo tender un velo entre mi obra y mi contexto. La pintura siempre ha sido un registro de la época de su creador, por eso yo creo metáforas y crónicas visuales para que una forma cree más significados sobre lo que me preocupa que, en este caso, es el desgaste de lo simbólico”.

Para pintar, Vívenes prefiere cubrir el lienzo con óleo, un material que, dice, le otorga “más plasticidad” a sus creaciones. Sin embargo, su interés por el collage le ha hecho indagar también en las posibilidades del papel como soporte.

Precisamente, trabaja actualmente en un libro de imágenes sobre papel bond, compuesto por grabados en diferentes técnicas, al que hasta ahora ha resuelto llamar Eutanasia, y donde continúa su crítica social. En él, la mayoría de las figuras son representadas por distintas especies animales, y se abordan temas como  la niñez, la adulación, el miedo y el proselitismo. “Lo llamo Eutanasia porque creo que todos somos un poco culpables de lo que ocurre. Nos hemos sumado a un silencio por miedo (…). Si uso animales es porque ahora más que nunca el salvaje que todos tenemos se ha exteriorizado para hacernos viscerales y violentos”.

Ante el temor de abanderar con su obra algún nivel del proselitismo que condena, declara: “Yo trato de mantener la distancia. Abordo un tema que nos ocupa desde hace años como sociedad y que no responde a un bando. El arte debe hablar sobre política pero sin ser panfleto, ahí pongo mi margen”. Ya en la Sala Mendoza se exhiben algunos de los collages recientes de Vívenes, quien aún no ha resuelto cuándo exhibirá sus nuevas producciones, donde incluso puede percibirse, en algunos casos, referencias al político venezolano Leopoldo López.

Miranda, de La Carraca a la pintura conceptual

miranda-mar
Obra del artista visual Édgar Álvarez Estrada

María Gabriela Fernández B.
@mariagfernandez
Texto publicado en El Universal  en julio de 2016

El Miranda en La Carraca elaborado en 1896 por el maestro valenciano Arturo Michelena se ha apropiado casi por completo del imaginario del país en torno al prócer. Cada primer recuerdo (salvo en contadísimos casos) de este héroe independentista lo hace aparecer recostado sobre una cama destendida, con la mano en la barbilla, con las piernas en triángulo, con sus libros apilados, y con las cejas fruncidas sobre una mirada que espera un futuro que no fue.

Con todo, desde esa obra maestra a la que el artista e investigador Perán Erminy cataloga como “el equivalente a La Gioconda venezolana” brotan dos dudas que merecen nombrarse: Una plástica, resuelta, sobre la fidelidad de aquel rostro icónico (que realmente pertenece a Eduardo Blanco, autor del libro Venezuela heroica); y otra política, siempre abierta, donde historiadores como Elías Pino Iturrieta dudan sobre la veracidad de las ligeras condiciones representadas por Michelena en esa escena que recrea la prisión del Generalísimo (como han nombrado a Miranda en la historiografía oficial).

No ha sido esa, sin embargo, la única pintura que ha retratado a este prócer nacido en Caracas el 28 de marzo de 1750 y del que se conmemoraron el jueves 14 de julio de 2016 los 200 años de su muerte. Sebastián Francisco de Miranda Rodríguez, hombre fundamental de la Independencia venezolana y partícipe de la estadounidense y de la Revolución Francesa, ha sido centro de una tradición pictórica más sólida que numerosa.

Fue imaginado por el pintor Martín Tovar y Tovar en un óleo elaborado en 1874, en el que aparece uniformado y de pie frente a un fondo paisajístico. Con igual traje e impronta se le observa también a un borde de la mesa, rodeado de patriotas, en la Firma del Acta de la Independencia, pintada por el mismo autor en 1883 por encargo del expresidente Antonio Guzmán Blanco. Emilio Mauri, en 1897, realizó el único Retrato ecuestre de Francisco de Miranda del que se tuvo registro hasta finales del siglo XX, de acuerdo con lo reseñado por el investigador Rafael Pineda en su Iconografía de Francisco de Miranda, donde recoge todos los medios en que fue recreado el prócer, desde un primer dibujo fechado para 1788 en Viena.

Michelena lo ubicó también a un lado de Simón de Bolívar en El Panteón de los héroes (1897); y Tito Salas lo imaginó más tarde, en 1937, en La Vela de Coro, en pleno desembarco preindependentista de 1806.

En estas obras, pertenecientes al academicismo venezolano predomina la influencia plástica europea, y el uso de paletas cálidas y oscuras. Se ubican, con Miranda en la Carraca a la cabeza, dentro de la pintura heroica de entonces, que ensalzó a los próceres militares para construir sobre ellos una identidad patria.

“La iconografía del siglo XXI es una iconografía alejada del sufrimiento. En las grandes batallas no hay sangre y los cadáveres parecen bellos durmientes por su orientación a lo sublime. En pinturas de Miranda, como la de Michelena que es la única aceptada en el sentimiento nacional, no transmite dolor sino un aire de grandeza que difícilmente se relaciona con la prisión, tal vez para atenuar desde la imagen la traición cometida contra él por Bolívar”, declara Pino Iturrieta.

El curador e investigador Nicomedes Febres añade: “Miranda fue un personaje marginal, apenas representado, en la pintura patriótica hasta la aparición de Miranda en La Carraca ¿Por qué tanta fascinación por esa pintura? ¿Por la belleza del cuadro? ¿por la importancia del personaje? tal vez por el fatalismo del venezolano”.

Desde entonces, la imagen del cosmopolita Miranda, y muy en particular el semblante ideado por Michelena, se ha vuelto tema recurrente en la plástica venezolana. Incluso en propuestas de arte moderno y conceptual.

En la Iconografía de Pineda, se recogen creaciones como la del maestro Carlos Cruz-Diez en su etapa figurativa donde, en 1950 y 1952, lo recrea con trazo de caricaturista en el Desembarco de Coro y frente a Andrés Bello en Londres.

Los artistas Miguel Von Dangel, Luisa Richter, Jorge Pizzani, Felipe Herrera, Héctor Fuenmayor, Ricardo Benaím y, entre otros, Pedro León Zapata, también han incluido en sus obras alusiones (a veces críticas, a veces respetuosas) a este prócer. Édgar Álvarez Estrada lo ubica, incluso, “sin La Carraca” tendido a orillas de una playa.

“La idea de Miranda como personaje no sólo tocó a los academicistas. Hay una retratística histórica donde podemos entender su semblante, pero el Miranda de Michelena ha prevalecido como ícono para trabajos conceptuales y también como inspiración para artistas populares. En la pintura, la imagen de Miranda ha sido un mito, así como fue de mítica su trayectoria”, sentencia Félix Herrera, curador de la Galería de Arte Nacional.

Mientras instituciones privadas y públicas organizan para esta semana actos conmemorativos del bicentenario, como la convocatoria al 1er Salón Miranda de arte popular, un cenotafio en el Panteón Nacional espera por el hallazgo y traslado de los restos de Francisco de Miranda, que son investigados pero aún no determinados en la fosa común a la que los realistas le confinaron tras su muerte en La Carraca. Libros y pinturas conservan su legado.

Nené Quintero: “Si suena, hace música”

Entrevista al percusionista NenŽ Quintero
Nené Quintero improvisando en su casa (Foto: Karla Calderón)

María Gabriela Fernández B.

Texto publicado el 3 de abril de 2016 en El Universal.

Carlos “Nené” Quintero (Caracas, 1946) se debate entre “una perola” de aceite y un pupitre de escuela primaria para decidir cuál fue el primer objeto cotidiano que transformó en instrumento musical con sus manos. Este es un recuerdo que cuenta entre risas, mientras sus dedos alternan ritmos sobre la mesa del jardín de su casa en El Llanito. Hoy – continúa– no sabría precisar la cantidad de instrumentos que ha conocido su tacto durante los más de 40 años de trayectoria profesional, en los que ha liderado la percusión en conciertos y discos de figuras internacionales como Celia Cruz, Barry White, Eros Ramazzotti,  Paco de Lucía, Tito Puente, Armando Manzanero, Willie Colón, Miguel Bosé y, por si fuera poco, un listado de artistas nacionales que se extendería, prácticamente, a todas las personalidades de gran o mediano reconocimiento en la música reciente de Venezuela, como apuntó en una ocasión el pianista Gerry Weil.

Aunque fueron las cuerdas  las primeras en cautivar a Quintero en su adolescencia (con un cuatro y, luego, con una guitarra de serenatas para su actual esposa, Daisy) han sido las impecables faenas de percusión de Quintero las que lo han llevado a la cima del reconocimiento musical. La belleza de los ritmos que interpreta, su inagotable exploración de sonidos y, sobre todo, la pasión con la que se relaciona con cada objeto que toca, han hecho que él, quien disfruta también del dibujo y la pintura, sea siempre el merecedor de los mayores aplausos en conciertos en los que –¡vaya ironía!– no pretende ser protagonista.

Para este encuentro, Quintero viste una camiseta que le libra del calor y que resalta su tez de herencia barloventeña. Su cabello de rizos blancos (que alguna vez llegó hasta sus hombros) luce corto y despeinado, y se mezcla con los restos de ceniza que caen de El Ávila hasta esta ciudad en la que el Palo de agua que toca este músico no termina de convertirse en gota. Mientras él repasa su historia llueven, sin parar, pequeños restos de un incendio forestal.

–Yo crecí en San Agustín, y en mi casa la cosa siempre fue muy musical. Mi papá era un gran melómano que escuchaba todo lo que sonaba en su tiempo, lo tropical, lo clásico… también era muy gardeliano, siempre con su sombrero, y mira que puede ser por eso que yo me  llamo Carlos (…). En el barrio, había personas que venían de varios estados, con su música y sus tradiciones, y de niño los veía tocando en las festividades. Ver tantas expresiones de gente que venía a la capital a buscar futuro me dejó marcado en términos musicales.

Fue al arribo de los 20 años cuando Quintero inició su acercamiento profesional a la percusión, con apoyo de un músico cubano llamado Pedro García, quien llegó al barrio como parte de la orquesta del mítico boxeador “Kid Gavilán”, quien fue campeón del mundo en el peso wélter. Luego, probó con agrupaciones de otras figuras locales como Mon Carrillo y Frank y su tribu, para pasar a integrar, ya formalmente, bandas como Los Dementes, el Grupo Pan y Daiquirí a partir de los años 60. Además, se acercó al cine y a la publicidad con bandas sonoras y jingles.

Cuando Quintero sube a un escenario, le otorga a cada extremidad la capacidad de generar ritmos. Coloca en sus tobillos cascabeles y pequeñas maracas indígenas e hindúes, y alterna en sus manos instrumentos (generalmente no convencionales) con los que logra sonidos que van desde la más sutil imitación de la brisa (con una manguera a la que hace girar en el aire) hasta un violento golpe de tambores costeros, que son lanzas certeras a las caderas.

–Lo primero que yo hago es relacionarme con los objetos, sentarme a sacarles todos los sonidos que sean capaces de lograr. Por ejemplo, mi esposa me vive escondiendo dos ollas de la cocina que me encantan porque están afinadas en La y Do (risas). La gente dice que yo descubro sonidos, pero creo que lo que hago es investigar y ser curioso con lo que llega a mí. Por ejemplo, tengo un tambor de fulía y nunca he tocado una fulía con él, sino que uso su color para otras cosas.

Lo primero que yo hago es relacionarme con los objetos, sentarme a sacarles todos los sonidos que sean capaces de lograr.

–¿Todos los objetos pueden producir música?
–Si suena, hace música, o al menos ritmo. Mira – con sus grandes manos, Quintero señala tres vasos que reposan en la mesa y empieza a rozar sus bordes con las yemas –. Aquí, por ejemplo, como es distinta la cantidad de agua, tenemos sonidos distintos. Con cinco vasos así ya podríamos hacer una canción. Mi trabajo es combinar cosas que ya existen y hacerlos sonar hasta hacerme sentir de la mejor manera.

–Entonces, siempre debe estar con los oídos atentos…

–¡Sí! Yo ando por la calle escuchando, aquí y en cada lugar que he tenido la suerte de conocer en el mundo. Así es como he llegado a instrumentos foráneos, a cosas que existen pero que aquí no se han puesto a sonar, que se vinculan con espacios particulares.

Quintero se levanta y, con ayuda de Daisy, busca y llena con agua dos envases, sobre los que coloca taparas. Cuando las toca en distintos lugares, logra varios sonidos ahogados, hace un ritmo de bajos. “Esto lo vi en uno de mis viajes y lo traje para acá. A mi me gusta mostrar la cadencia de los instrumentos (y de los lugares)”.

–¿Cómo suena Caracas?
–Caracas tiene muchos sonidos. Una de las cosas que más me impresiona es el murmullo que oigo desde el cerro El Ávila. Es intimidante. Oyes el caos de todo lo que está pasando ahí abajo, lo bueno y lo malo, como si fuera una selva que no para nunca. En general, las grandes ciudades suenan parecido: cambian los idiomas, pero no las preocupaciones.

Caracas tiene muchos sonidos (…) me impresiona el murmullo que oigo desde El Ávila

–¿Por qué no ha realizado hasta ahora un concierto o disco individual en el que sólo exhiba esos sonidos que ha encontrado?

–¡Nooo, chica, moriría de nervios! Siempre he preferido estar bajo perfil y, todavía con tantos años, siento temor cuando tengo un concierto o una entrevista. Me han hecho varias ofertas así en mi vida y siempre digo que no. Ahorita estoy estudiando un concierto sinfónico con 20 tumbadoras, pero no sé… Además –sonríe– manejar un grupo de músicos no es fácil, y mira que de paso ni siquiera tengo agente, mi esposa me ayuda.

–¿Y entonces cómo se ha dado a conocer entre tantos grandes artistas?

–Porque  han escuchado mi trabajo. La música me ha dado todo en la vida: el aplauso de la gente, la confianza de tantos artistas, los viajes, la posibilidad de oír muchas cosas y, también, la de tocar aquí en mi casa ¡con humo y todo!. Nunca he pensado dejar la música, supongo que será ella la que me deje algún día.

El resto de una hoja chamuscada cae en su nariz y él la sacude con la mano, como a un insecto. Tose. Se pone de pie y camina en su jardín cubierto por cemento, donde un pequeño círculo de grama deja crecer a su limonero. De un lado, una puerta marca la entrada a su sala de ensayo, repleta de instrumentos superpuestos. Descubre la batería, se sienta en las congas, prueba, incluso, una armónica. Pide, eso sí que no se le invite a posar para la cámara. “Yo voy a tocar como si no estuvieran”. Sus repiques, que llevan la cadencia del mar contra la costa, sirven de despedida.
@mariagfernandez

Jacobo Borges en tres décadas

jacobo-borges-nicola
Jacobo Borges presentó sus trabajos recientes en la Galería Freites (Foto: Nicola Rocco)

María Gabriela Fernández B.

Texto publicado el 21 de febrero de 2016 en El Universal

Cuando Jacobo Borges reflexiona sobre el tiempo, regresa a las tardes de infancia en las que contemplaba el impacto de la luz sobre El Ávila. Sentado en un muro de ladrillos a medio construir, en una Catia que, para entonces, reinaba en su verdor y en el vuelo de los “caballitos del diablo” sobre las lagunas, este niño que ya se creía pintor decidió que la vida corría a velocidades diversas. “Uno tiene en frente una cosa enorme, que está viva, pero en la que lo único que cambia es el color, que se transforma mejor que una película pero a un ritmo distinto al nuestro. Donde yo vivía, apenas había tres ranchos y una vaquera, pero con los años se volvió una calle, la ciudad creció. Uno también va creciendo siempre, pero El Ávila sigue siendo el mismo Ávila”.

Mientras narra esta escena, el artista visual caraqueño de 84 años se detiene frente a una de las obras que integran la muestra retrospectiva de tres décadas de creación que será inaugurada hoy, con su nombre, en la Galería Freites, de Las Mercedes. Parado allí, con su cabello blanco y rizado aflorando de la boina gris, este Premio Nacional de Dibujo (1961) y de Pintura (1963) contempla ahora, con seriedad, su propia creación. “Este cuadro se llama Camerata (1986) porque es uno de los que hice como serie cuando la Camerata hacía sus ensayos en mi casa. Mira las manos de los músicos, mira los instrumentos. Todos se están moviendo en tiempos diferentes”. Entonces, acerca sus dedos morenos a las líneas borrosas de formas que se multiplican hacia varias direcciones.

-¿Por qué usar la pintura para retener el tiempo?

-Las formas de fijar el instante de un poeta, un escritor o un músico son diferentes a la de un artista plástico porque en este caso cada cosa intangible queda concreta en un objeto, mientras que la palabra de un poeta no se agarra. Tú pegas un grito y desaparece, pero El grito de Munch está ahí, lo puedes hasta quemar, mientras que las palabras no pueden quemarse. En mi caso, responde a una necesidad casi física de fijar una emoción, un instante, un concepto… de convertirlo en algo tangible.

-¿Los transmuta para aproximarse mejor a ellos?

-Esto me llevaría a tener que decidir si el arte es útil o no, y esa pregunta nunca ha estado en mí. El arte me ha dominado desde los 4 años, y ha sido mi única herramienta. Hay gente que está segura de lo que hace, que se ha encontrado y sabe qué es lo que tiene que decir. Pero yo no, yo no tengo esa seguridad, yo estoy abierto todo el tiempo y por eso me he paseado por temas y técnicas, como se ve en esta exposición.

-Nunca he sido el mejor en nada y creo que ha sido con el tiempo que he aprendido a ser pintor, a sentir “la cosa misma” en la mano, en la cabeza… Para mí ha sido un aprendizaje volverme un artista plástico.

-A pesar de esto, le aseguró a Sofía Ímber que usted era pintor desde que empezó a ver…

-Y así es. La primera vez que yo vi a un niño con lápices de colores quedé impresionado. Lo que él tenía era el dibujo de un barquito con una línea verde, una roja, una violeta… y yo sentí necesidad de pedírselo, pero él me dijo que no, que después yo iba a decir que era mío (risas).

-¿El artista debe siempre procurar el desarrollo de un discurso plástico que genere ruptura?

-La pintura siempre ha sido pintura. La diferencia es la manera de decir las cosas. Cuando uno ve un Goya o un Leonardo (Da Vinci), son diferentes. Un artista sueña con crear elementos que indiquen una identidad y puede que nunca la consiga, o que no lo sepa. Hay una cosa que cada vez veo más en mi trabajo: que es la línea lo que me interesa. Te hablo plásticamente, del espacio. Tú vez cualquiera de los cuadros y siempre está la línea. Es algo que también veo en (Pablo) Picasso: todo es primero línea y luego el color o la forma; y de esa línea, si uno la amplía, vienen formas que no he inventado pero que las descubro con el proceso de destrucción.

Un artista sueña con crear elementos que indiquen una identidad y puede que nunca la consiga, o que no lo sepa.

-¿’Por qué apuesta a la destrucción para crear?

-Porque soy como un arqueólogo. Trabajo por capas. Pongo varias, veo lo que hay detrás y lo borro, y así voy bajando hasta el principio. Cuando me enfrento a un lienzo en blanco, lleno todo y ahí empiezo a registrar y va apareciendo la obra en ese proceso. Con el tema digital ha sido distinto porque puedo conservar las capas, puedo volver atrás. En El mar desde la ventana (2016) había edificios y yo los corté. Parecen edificios, pero los destruí. El personaje es el mar y estas cosas sólo se van a arreglando por el mar

Uno de los elementos que caracteriza a su obra de los últimos 30 años, agrupada para esta exposición, es la recurrente representación del agua. ¿Por qué pintarla con tanta frecuencia?

-Por mi relación con ella. Mi relación con el agua ha sido muy traumática. Yo prácticamente conocí la muerte en el mar ahogándome a los 10 años. Y después me he ahogado hasta en una bañera, una vez que tenía un yeso y me caí en la ducha, y el drenaje estaba cerrado. Yo gritaba y no podía levantarme, hasta que abrieron la puerta horas después.

-¿Entonces, el agua es un símbolo de muerte?

-Es muerte, sí. Pero además todos nosotros nacimos del vientre de la madre, y ahí hay agua, así que también es vida. ¿Tú has ido al mar? Ir al mar produce una sensación muy extraña, es un regreso al vientre de la madre, aunque no se racionalice cuando pasa, como tantas otras cosas.

¿Tú has ido al mar? Ir al mar produce una sensación muy extraña, es un regreso al vientre de la madre

-Sus obras, sobre todo en sus inicios, parecen cargadas de crítica social ¿El arte es rebeldía por naturaleza?

-Mi trabajo funciona en los terrenos de la ficción, sin la intención de dar consejos morales. En esos casos no he retratado nada exacto sino el horror de la violencia o, más bien, la violencia misma. Hay un cuadro en el Museo de Arte Contemporáneo que es La muerte de un humilde ciudadano, que retrata una muerte que es la mía, y hay un tiro que le pegan al hombre. Eso salió del momento terrible de mi juventud con amigos que fueron asesinados, pero está tratado desde la intención misma de concretar esa emoción. Lo ves y puedes sentir horror por la humanidad, pero nunca una cosa partidista o panfletaria.

-Como ciudadano sí he tomado acciones ligadas a la política, pero luego sentí que yo era más útil ayudando de una manera concreta a la gente. Fue entonces cuando inicié mis trabajos con las comunidades de Catia, con los presos, ¡con la gente directamente!

-Justo así se desarrollaron las labores del Museo Jacobo Borges. ¿Cómo encuentra hoy a esta institución que ha vivido tantos embates?

-Cuando lo creó Adriana Meneses, teníamos la idea de hacer un museo en el que se reconociera a cada individuo, a la comunidad y se ofreciera capacitación. Era una visión antropológica del museo, y así se hicieron varias buenas exposiciones y trabajos (…). Eso cambió con la idea centralizadora, absurda, de que todos los museos debían depender de un centro (la Fundación Museos Nacionales). Entonces, no se reconoció su identidad, ni que un museo como este dependía de su vínculo con la gente. Yo estuve en desacuerdo con eso, y hasta le pedí al Ministro que le quitara mi nombre. En las condiciones de hoy no tengo ningún interés, porque no se parece a lo que yo soy.

-¿Necesita Catia un nuevo espacio para vincularse con el arte?

-Cuando se empezó el museo, los vecinos me preguntaban si sería una cosa elitesca, y yo les decía que no sabía si eso era elitesco, pero que yo creía (y creo) que Catia merece un museo donde se expongan las mejores obras de la humanidad, que no debemos conformarnos con menos. El problema de la cultura hoy son las acciones de quienes pretenden construirla sin ver que es parte de la vida misma, que no depende de una transformación ideológica pensada desde un escritorio.

El problema de la cultura hoy son las acciones de quienes pretenden construirla sin ver que es parte de la vida misma

-En una ocasión declaró que “lo único que puede transformar la sociedad es la cultura”. ¿Dónde reside el poder transformador del arte?

-En la belleza. Si la sociedad, como conjunto, tuviera un sentido de la belleza, todo sería diferente. Si la gente que está en el poder tuviera algún interés por la belleza, conocería la diferencia entre ésta y el horror y dejaría de preocuparse tanto por su poder mal ejercido.

 

@mariagfernandez

Carlos Cruz-Diez: “El arte es una aventura sin esperanza”

cruzdiez.

María Gabriela Fernández B.

Texto publicado en El Universal en noviembre de 2015

El artista visual Carlos Cruz-Diez (Caracas, 1923) no se detiene en su búsqueda de respuestas. A veces, confiesa, sueña con colores y escenarios que luego intenta plasmar en sus creaciones y, aún cuando la tecnología no siempre le ha permitido transformar en realidad sus deseos oníricos, el mundo digital le ha facilitado encontrar, a sus 92 años, soluciones a problemas visuales con los que había tanteado el fracaso en sus inicios. La emoción por los hallazgos en el mundo del color es ahora, dice, la misma de entonces.

“Yo tengo nueve líneas de investigación y no las clausuro, les sumo nuevos descubrimientos. En este momento, regresé a obras que no había podido desarrollar en 1963. He mejorado la eficacia de lo que quería decir. Antes estaba esbozado y hoy está expedito. Realmente puedo comprobar que el color flota fuera del soporte, no está en él”.

Tampoco sus proyectos expositivos han mermado. Al contrario, se encuentra desarrollando un nuevo taller en París y presenta, en paralelo, una muestra individual en Venezuela en la que exhibe nueve de sus más recientes creaciones. La exposición fue instalada en el segundo piso de la Galería Freites, de Caracas, y permanecerá abierta hasta el 29 de noviembre como una oportunidad de aproximar a la audiencia a las nuevas búsquedas del maestro.

-Este año recibió la Turner Medal 2015. Tras una vida de búsqueda, ¿ha llegado a su ansiada comprensión de las posibilidades del color?

-Yo estoy sumamente satisfecho. Creo haber vivido antes en una sociedad de ciegos, porque lo que estoy diciendo lo entiende y disfruta la nueva generación. El color es afectivo, profundamente afectivo. El color está en el espacio, flota. Todo es color, y es lo que trato de poner en manifiesto en las obras, porque ahí no hay referencias, solo emoción. A veces, uno ve un color y elige “ese rojo” y ¿por qué, si hay tantos rojos?, pero el color en el arte es una cuestión de afecto.

-Esto resulta contrario a quienes perciben al cinetismo como una manifestación fría…

-Es todo lo contrario. Vivimos rodeados de simbolismos y de la creencia de que todo tiene que tener una referencia. Pero ¿a qué se refiere una puesta de sol? A sí misma, somos nosotros los que le damos un significado. Yo no hago cuadros, lo que hago son soportes de acontecimientos. Soportes donde está sucediendo algo continuamente en el tiempo y en el espacio. Mis obras son un presente continuo. Por eso es que es tan humano el cinetismo, porque uno se propone ir a lo profundo del ser humano, a la mecánica perceptiva, de captación, de mitificación. Por ejemplo una cámara de cromosaturación es una experiencia vital, como meterse bajo la lluvia. Los significados los aporta quien los vive.

-Precisamente, una obra que ha obtenido un nuevo significado es su Cromointerferencia de color aditivo en el suelo del Aeropuerto Internacional de Maiquetía. Cuando la elaboró, ¿esperaba que se convirtiera en un símbolo de partidas?

-Lo que ha sucedido me tiene estupefacto, que una obra de arte se haya convertido en un símbolo de un país me parece emocionante aunque tiene también su parte horrorosa. Confío en que eso que ahora es el símbolo del abandono del país será de nuevo el símbolo del retorno. Sé que así será.

-¿El suelo de Maiquetía también lo verá volver a usted?

-Yo no he abandonado a mi país aunque no esté allá físicamente, y la prueba es que no he perdido el acento venezolano y que les he inculcado el país a mi familia. En este momento, me siento muy bien en París y desde que llegamos en 1955 mi pareja y yo dijimos “aquí es, este es el sitio”. París me encanta, y Caracas. También me siento grato en Panamá.

-¿Cuando ocurrirá una gran retrospectiva de Carlos Cruz-Diez en Venezuela?

Por el momento, no lo creo. Los coleccionistas tendrían que prestar sus obras a alguna institución, para eso los museos tendrían que tener las condiciones idóneas y muchos no tienen confianza en eso. Además, es un proceso muy costoso.

-¿Un artista puede perpetuarse a través de sus obras?

Eso uno no lo sabe. ¿Cuántos artistas han tenido vigencia en el pasado y luego desaparecen? esa es la belleza del arte, es una aventura sin esperanza. Puede que trabajes toda la vida y no pase nada. Uno no cree en las verdades, el arte es la duda, poner en cuestionamiento todo para tratar de abrir horizontes. Pero ¿ese querer abrir horizontes es que realmente los hemos abierto? no lo sabemos. Ojalá le interese al futuro.